Nuestra historia

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Los primeros pasos

La historia de Aldeas Infantiles comienza a mediados del siglo XX en Austria, con 600 chelines y un hombre idealista y soñador. Hermann Gmeiner era por entonces un joven estudiante de Medicina que comenzó a notar las consecuencias de la posguerra y decidió que debía hacer algo por los cientos de niños, niñas y adolescentes que habían perdido el cuidado familiar.

“Yo había estado en la guerra. Sabía, por lo que vi, cuántas criaturas devoradas por la miseria, cuántos pequeños con el hogar definitivamente perdido, cuántos niños sin alimento, sin cariño, sin futuro había en Europa y fuera de ella. De ese pensamiento nació, como idea, la aldea infantil.”

Esa idea fue tomando cuerpo al comenzar a pedir los primeros apoyos para hacerla realidad. Al comienzo, todo su entorno se mostraba descreído y lo llamaban Don Quijote. No pasó mucho tiempo hasta que empezaron a confiar en su propósito, y las ayudas económicas se hicieron presentes.

En 1950 comenzó la construcción de casas en terrenos donados por el municipio de Imst y un año después, en la Nochebuena de 1951, se inaugura la primera aldea en el estado de Tirol (Austria). Hacia mediados de los años cincuenta, la organización se replicaba en otros países europeos, comenzando a conformar la actual federación.

Pasaron 10 años hasta que una mujer, a más de 12.000 kilómetros de distancia, leyó en una revista en un consultorio médico una nota sobre el proyecto de Gmeiner. “¡Esto es lo que yo tengo que hacer!”, pensó.

Ilse Kasdorf tenía 38 años, dos hijas, y trabajaba como bibliotecaria. Decidió escribirle una carta a ese hombre desconocido que la había inspirado: “Le dije que no tenía dinero, ni experiencia o relaciones, pero que sí tenía un gran deseo de seguir su ejemplo y que le pedía su opinión”. Él le envió materiales, fotos y los estatutos de la organización y prometió su apoyo en el emprendimiento.

Ilse viajó a Alemania y Austria para conocer de cerca las aldeas.      

“Cuando conocí a Hermann Gmeiner, él me enseñó una de sus aldeas en Viena, y emocionado me dijo: ‘Hoy es un gran día para esta obra. Con usted, mi Asociación de Aldeas Infantiles SOS europea se hará internacional porque usted lleva e introduce mi idea en su país, en su otro continente’.”

A su retorno, organizó colectas, entrevistas en los medios de comunicación y charlas informativas en los más diversos ámbitos. La gente comenzaba a enterarse y entusiasmarse con la propuesta, pero aún faltaba lo más importante: el predio.

“Durante año y medio me dediqué a bombardear tenazmente al Consejo Departamental de Montevideo y al Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social. ¡La constante gota horada la piedra! El 6 de setiembre de 1960, los estatutos de nuestra Asociación Uruguaya de Aldeas Infantiles SOS obtuvieron la Personería Jurídica y un predio largamente codiciado, cedido junto al Parque Lecocq. Las charlas por radio y TV en asociaciones, clubes, sociedades, colegios, escuelas y agrupaciones estudiantiles y los artículos en la prensa también comenzaron a dar resultados”.

Luego de insistir tenazmente en el Consejo Departamental, en 1962 consiguió un terreno de más de 10.000 metros cuadrados en el acceso al Parque Lecocq.

Dos años después, comenzó a funcionar en una casa prestada en Parque del Plata (Canelones) el primer núcleo de convivencia con tres niños y una referente de cuidado. Mientras tanto, las obras en la aldea continuaban.

“Cuando iba a mirar la obra, veía varias casas alzándose entre los árboles y el verdor. Sonreía y los obreros me miraban como si estuviese loca. En mi tiempo libre disfrutaba de ir a imaginarme las casas que iban a surgir. Y así surgieron.”

Un trabajador del Parque Lecocq le pidió disculpas un tiempo después: “Vengo a pedirle disculpas. ¡Nos reíamos tanto de usted! Se apoyaba en el alambrado y miraba, y miraba… ¡y no había nada! ¡Creíamos que estaba loca!”

Las primeras tres se construyeron con el apoyo de Austria, Alemania y Dinamarca. Luego llegaron la Casa Rotary, Suiza, EEUU y, más tarde, Río de la Plata, Ombú y Noruega.

Fue así como, gracias a una revista, una mujer entusiasta y varias peleas contra molinos de viento, en pocos años se había consolidado la primera Asociación Nacional de Aldeas Infantiles SOS en Latinoamérica.